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Pablo Espinel: el asesinato que sacudió Fuerteventura cuatro meses después de la llegada de la Legión

Homenaje a Pablo Espinel, alcalde pedáneo asesinado en 1976, en una tertulia de Radio Insular.

Pía Peñagarikano

Pía Peñagarikano

8 de mayo de 2026 a las 20:00

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El asesinato de Pablo Espinel

Pablo Espinel fue asesinado el 27 de abril de 1976, en Guisguey, cuando apenas tenía 43 años. Era alcalde pedáneo del pueblo y su muerte, medio siglo después, sigue siendo una de las heridas más profundas y menos contadas de la historia reciente de Fuerteventura.

El programa La Voz de Fuerteventura, en Radio Insular, abordó este viernes en tertulia aquel episodio con los testimonios de Gerardo Mesa, expresidente del Cabildo de Fuerteventura, exsenador y expresidente de Cruz Roja Canarias; Jesús Giráldez, vecino de Guisguey, escritor, activista e historiador; Tero Brito, decano de la prensa majorera y exconsejero del Cabildo; y David de León, concejal de Puerto del Rosario, vecino de la localidad y una de las personas que más ha investigado lo ocurrido.

Durante la tertulia recordaron que el asesinato de Pablo Espinel se produjo apenas cuatro meses después de la llegada de la Legión a Fuerteventura. Según explicó Jesús Giráldez, el desembarco se produjo en diciembre de 1975, tras la Marcha Verde y la descolonización del Sáhara. «De repente desembarcaron miles de legionarios», relató, en una isla que no estaba preparada para absorber una presencia militar de esa dimensión.

Gerardo Mesa recordó aquella Fuerteventura como una isla «tranquila» y «medio vacía». Puerto del Rosario apenas tenía entonces entre 8.000 y 10.000 habitantes por lo que la llegada de entre 4.000 y 6.000 legionarios supuso, en sus palabras, «una distorsión total de la población». «Aunque fueran monjas, distorsionaban la población, y no eran precisamente monjas», afirmó.

Su presencia alteró, aseguran, la vida cotidiana de la isla donde, hasta entonces, era habitual dejar las llaves puestas en las puertas y en los vehículos porque «se vivía con tranquilidad».

Cuando Pablo Espinel fue asesinado, había muerto Franco pero todavía no se había aprobado la Constitución, no había elecciones libres y el Ejército seguía ejerciendo un poder real sobre la vida pública.

Jesús Giráldez quiso destacar, además, que la Legión no era un cuerpo militar «normal», sino un cuerpo especial, nacido en 1920 como fuerza «profesional y colonial», vinculada inicialmente a la guerra de África. Integraba, entre otras, a personas con antecedentes penales, «aunque no con delitos de sangre», recalcó.

Con la llegada de la Legión, también comenzaron problemas de prostitución y drogas en Fuerteventura, además de mucho miedo. Así lo asevera Gerardo Mesa al recordar cómo «tomaron» la zona de Playa Blanca. Se multiplicaban además los controles armados y los robos de muchos desertores «que tenían que buscarse la vida». Hubo secuestros de barcos, tiros en la terminal del aeropuerto e incluso, en 1979, el secuestro de un avión de pasajeros.

En la Isla, la gente empezó a vivir «con los pelos de punta», recalca Mesa.

En esta época se produjo el asesinato de Pablo Espinel. Un crimen que sacudió Fuerteventura y sobre el que durante décadas hubo «mucho oscurantismo».

Tero Brito recordó que la noticia le llegó por los periódicos, mientras cumplía el servicio militar en Gran Canaria, «tres desertores de la Legión habían matado a Pablo Espinel, alcalde pedáneo de Guisguey».

Según explicó David de León, la versión inicial de los hechos apuntaba a que Espinel habría sacado una escopeta. Sin embargo, según pudo documentar años después, Pablo Espinel recibió un disparo por la espalda, corrió a refugiarse en el interior de su casa y, ya herido, sacó su escopeta. Después fue rematado con una ráfaga de disparos. «A Pablo Espinel lo asesinaron cruelmente en su propia casa», afirmó.

Los autores fueron legionarios desertores. En la tertulia se recordó que Andrés del Teso y José Gaspar fueron condenados a 30 años, «otra cosa es que cumpliesen la condena». La explicación que se dio en la mesa apunta a que buscaban comida, ropa o dinero para intentar salir de una isla cercada por el mar y en la que la deserción dejaba pocas escapatorias.

Tras la muerte, el miedo y las dificultades para asistir al entierro, recuerda Mesa, en un Puerto del Rosario «tomado por los legionarios, que cortaban la carretera de acceso al cementerio y ejercían un control sobre la población civil y ellos decidían quién podía ir y quién no podía ir, todo esto con armas en manos».

Después el silencio. Benito, el hermano de Pablo Espinel, tardó cuarenta años en poder contar lo ocurrido y, también, cuatro décadas en acudir a la casa donde se produjo el crimen, según afirmó De León.

Jesús Giráldez insistió en que el asesinato de Espinel fue el primero, pero no el único episodio grave vinculado a miembros de la Legión durante aquellos años.

Así recordaron el asesinato de una pareja de extranjeros, la familia Dodel, cuando estaban tomando el sol. Un asesinato dentro del propio cuerpo de la Legión y de otro en Playa Blanca «que nunca se llegó a esclarecer».

El historiador hizo especial hincapié en que todos estos episodios «no son batallitas». Todo esto está documentado, subrayó, aludiendo a las hemerotecas.

Aunque la tertulia se centró en la figura de Pablo Espinel, lo cierto es que también desveló la relevancia del papel que ejerció Gerardo Mesa, entonces presidente del Cabildo de Fuerteventura «y de quienes lo respaldaban», aludiendo a los miembros de plenario.

Mesa denunció públicamente los atropellos e, incluso, mantuvo un encuentro con el entonces rey, Juan Carlos I, para pedir que se disolviera la Legión.

Lo hizo, según confesó, «temblando» y «con un nudo en la garganta».

Recordó amenazas, desplantes y presiones que llegaron hasta la entrada de su propio domicilio al que accedió un suboficial armado.

En aquellos años, acudía muy temprano a la Caja de Ahorros donde trabajaba antes de comenzar su jornada no remunerada en el Cabildo de Fuerteventura. Amenazaron con echarlo si no «restablecía» sus relaciones con el cuerpo de legionarios. En esta tesitura, Gerardo se mantuvo firme a sus ideas y fue su mujer quien se vio abocada a buscar un trabajo para mantener a sus cuatro hijos, según relató.

A pesar del medio siglo transcurrido, los participantes en la tertulia coincidieron en señalar que las heridas abiertas entonces, todavía no se han cerrado.

El paso de la Legión por Fuerteventura «sigue siendo un tema tabú y apenas investigado».

Los que no han querido borrar el asesinato de Pablo Espinel, han sido sus vecinos de Guisguey. Hace diez años le dedicaron, a él y a su esposa, una plaza que lleva su nombre en un terreno que fue donado por Antonio Cerpa.

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El pasado 27 de abril, en la plaza de la Iglesia plantaron en su homenaje un drago. Símbolo de memoria y de permanencia para no olvidar que asesinaron «a un hombre muy bueno», como recuerdan quienes lo conocieron. Un crimen que jamás debió ocurrir pero que forma parte de la historia de Fuerteventura.

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